lunes, 14 de septiembre de 2020

La vida de San Serafin de Sarov

 


El más conocido de los santos ortodoxos de los tiempos modernos, San Serafín de Sarov, tiene mucho que enseñar a los cristianos ortodoxos de estos últimos tiempos. Desafortunadamente, la naturaleza sorprendente de algunas de sus experiencias espirituales, que de hecho contrastan notoriamente con la experiencia cristiana ordinaria de nuestros días, ha llevado a algunos a perder el sentido de su enseñanza. Algunos están tan deslumbrados por sus visiones y su amor que todo lo abarca, que tratan de seguirlo a las esferas más exaltadas de la vida espiritual sin tener siquiera el fundamento más elemental en el conocimiento y la práctica ortodoxa; otros intentan contraponer artificialmente su "espiritualidad" a la "Iglesia institucionalizada", como si las dos pudieran separarse; otros lo convertirían en una figura "carismática" que justifica la "espiritualidad" ecuménica vacía de nuestros miseros días; y algunos lo imaginan como un "gurú" cuya experiencia lo coloca "más allá del cristianismo" y de todas las tradiciones religiosas.

Todas estas interpretaciones, que solo conllevan daño espiritual y desastre a quienes las siguen, no logran entender a San Serafín en el contexto de la tradición religiosa de la cual surgió como uno de sus mayores florecimientos: el cristianismo ortodoxo en la Rusia del siglo XVIII.

San Serafín (su nombre mundano era Prochor Moshnin) nació en 1754 en Kursk, en el corazón de la Santa Rusia, en el seno de una piadosa familia de comerciantes. Criado en el temor de Dios y en la estricta vida ortodoxa, también conoció desde muy temprano las misericordias de Dios de primera mano; a la edad de diez años fue curado milagrosamente de una grave aflicción por la Madre de Dios a través de su Icono de Kursk (que ahora está en América y continúa obrando milagros).

Una vez que aprendió a leer, el niño Prochor se sumergió en el mundo espiritual de la literatura básica cristiana: las Escrituras, el Horologion (que contiene el ciclo diario de los servicios religiosos), el Salterio y las Vidas de los Santos. Pasaba todo el tiempo que podía en la iglesia (donde los servicios duraban muchas horas todos los días) y pensaba solo en Dios y el mundo espiritual. Se encendió en él un profundo deseo por las cosas espirituales, y comenzó a desear servir a Dios en la vocación monástica. A la edad de diecinueve años, en una peregrinación a los lugares santos de Kiev, recibió el consejo del santo recluso Dositeo (en realidad una mujer) de "ir a Sarov"; y después de poco tiempo esto fue lo que hizo: pasar el resto de su vida en este notable Monasterio.

La ermita de Sarov fue fundada a principios del siglo XVIII por el staretz Ioann. Los primeros pobladores de la zona habían habitado  las cuevas del lugar, y el Monasterio siempre había sido un lugar de severa vida ascética, transmitiendo la antigua tradición monástica de actividad espiritual interna, la oración mental de Jesús. La Rusia del siglo XVIII, aunque fue una época de decadencia monástica en comparación con el florecimiento de los siglos XIV al XVII, todavía tenía varios padres (y madres) que mantuvieron viva la antigua tradición de la espiritualidad cristiana. El gran avivamiento monástico inspirado por el gran staretz Paisius Velichkovsky y sus discípulos a fines del siglo XVIII produjo frutos espirituales tan notables (en particular, los staretzs clarividentes del monasterio de Optina) precisamente porque el suelo ruso había sido preparado de antemano por una tradición ininterrumpida de monasterios de lucha y vida espiritual.

El beato Paisius tradujo los textos patrísticos sobre la vida espiritual, sobre todo la antología conocida como Filocalia. San Serafín utilizo este libro, que probablemente recibió del staretz Nazarius de Sarov, uno de los staretz espirituales que preparó su publicación; pero la Filocalia se publicó en 1794, y San Serafín se formó espiritualmente antes de esto, después de haber leído muchos otros libros patrísticos que enseñaban la misma doctrina espiritual. No hay nada de "nuevo" en el camino espiritual de San Serafín; todo es de los Santos Padres, de quien es discípulo sumamente fiel, emergiendo en los últimos tiempos como un gran Padre del desierto de la antigüedad, como un nuevo San Macario el Grande.

En Sarov, San Serafin pasó por el período monástico estándar de prueba: fue puesto en obediencia a un padre espiritual y fue probado en varios trabajos en las panaderías de pan y prosphora, em carpintería, cortando leña, como encendedor de velas. Los servicios de la iglesia eran largos, al igual que su regla de oración en su celda. Además de la difícil disciplina monástica, estuvo gravemente enfermo durante tres años —una prueba que soportó con humildad y confianza en Dios— hasta que fue sanado por una visión de la Madre de Dios.

A la edad de veintisiete años, San Serafín fue tonsurado monje y unos meses más tarde fue ordenado diácono. Sirvió como diácono durante casi siete años, profundizando en el significado de los servicios de la Iglesia. A menudo veía ángeles; y una vez, el Gran Jueves, mientras estaba de pie ante las Puertas Reales en medio de la Liturgia, vio a Cristo mismo en el aire rodeado de ángeles. Incapaz de continuar el servicio, se lo llevaron y permaneció varias horas en éxtasis.

A la edad de treinta y cuatro años fue ordenado sacerdote, y al año siguiente su mayor, el abad Pacomio, en su lecho de muerte confió a San Serafín la guía espiritual de las hermanas del cercano convento de Diveyevo, una tarea que cumplió tan bien que incluso hoy, cincuenta años después de su destrucción[1], todavía se lo recuerda como "Diveyevo de San Serafín". Justo en este momento también recibió la bendición del nuevo abad para comenzar su vida como ermitaño en el bosque alrededor de Sarov. Aquí, en una pequeña cabaña, realizó una larga regla de oración, trabajó mucho y leyó las Escrituras y a los Santos Padres. Los domingos venía al Monasterio para asistir a la Liturgia y recibir la Sagrada Comunión, regresando al bosque con su provisión de pan para la semana. Durante un período de tres años no comió nada más que cierta hierba llamada "sneet".

En 1804 el santo fue atacado por ladrones y casi muerto a causa de los golpes. La Madre de Dios se le apareció en su aflicción, junto con los Apóstoles Pedro y Juan el Teólogo, diciendo sobre él: «Este es uno de los nuestros». Después de este ataque su espalda quedo curva y siempre tuvo que caminar apoyado en un bastón.

A partir de ese momento el santo emprendió luchas aún mayores. Al regresar a su bosque desierto, emprendió una hazaña como la de los antiguos santos estilitas de Siria: durante mil días y noches pasó la mayor parte de su tiempo arrodillado sobre una piedra no lejos de su celda, llamando constantemente a Dios a través de la oración del publicano: «Oh Dios, ten piedad de mí, pecador». Fortalecido por la gracia divina para esta tarea humanamente imposible, entró en batalla abierta con los demonios en este momento, como San Antonio; a menudo veía a los demonios, a quienes sólo describía como "inmundos".

En 1807, murió su último staretz e instructor, el abad Isaías; y el santo entró en absoluto aislamiento, negándose a ver a nadie y manteniendo un absoluto silencio durante tres años. Ya no iba al Monasterio ni siquiera para los Servicios Divinos del domingo, soportando con paciencia la gran cruz de total aislamiento y silencio, con la que crucificó aún más las pasiones y concupiscencias del staretz.

Algunos de los hermanos inexpertos del Monasterio, sin embargo, se escandalizaron de que el santo no parecía estar recibiendo la Sagrada Comunión; y los ancianos del Monasterio le pidieron que regresara (1810). En su celda del monasterio permaneció en silencio y reclusión, continuando como en su cabaña del bosque leyendo todo el ciclo diario de los servicios, excepto la liturgia, diciendo la oración de Jesús, y especialmente leyendo el Nuevo Testamento (una vez por semana). Durante este tiempo se le concedieron visiones de misterios celestiales, contemplando las mansiones del cielo con muchos de los santos.

Después de cinco años de esta reclusión dentro del Monasterio, San Serafín, por una revelación especial, abrió la puerta de su celda para todos los que deseaban verlo; pero aun así continuó sus ejercicios espirituales sin prestar atención a sus visitantes ni responder a sus preguntas. Después de cinco años más, la Madre de Dios se le apareció nuevamente, junto con los Santos Onufrio el Grande y Pedro del monte Athos, insinuando instrucciones para poner fin a su silencio y hablar en beneficio de los demás. De ese momento saludaba a todos los que se le acercaban con una postración, un beso y el saludo pascual: «¡Cristo ha resucitado!», A todos los llamaba «mi alegría». En 1825, la Madre de Dios se le apareció nuevamente y lo bendijo para que regresara a su celda del bosque.

Durante los últimos ocho años de su vida, San Serafín vivió en el bosque de Sarov recibiendo a miles de peregrinos que acudían para pedirle sus oraciones y consejo espiritual. El santo ahora se manifestaba como un clarividente hacedor de maravillas, un recipiente lleno de gracia de la acción del Espíritu Santo. Nadie, monje, laico o monja (ya sea de Diveyevo o de los otros conventos que surgieron con su bendición), lo dejó sin consuelo y sin respuesta a su necesidad espiritual. Estaba en contacto constante con el mundo espiritual; doce veces en total, la Madre de Dios misma se le apareció. Murió de rodillas ante un icono de la Madre de Dios del "Sentimiento tierno" el 2 de enero de 1833.

Habiendo llevado una vida celestial en la tierra, como los grandes santos del desierto de la antigüedad, incluso en estos últimos tiempos de desolación espiritual, San Serafín es un instructor e inspirador de la verdadera vida cristiana. Sus Instrucciones Espirituales, como su célebre Conversación con Motovilov sobre la Adquisición del Espíritu Santo, no contienen ninguna enseñanza nueva, sino que simplemente repiten en los tiempos modernos la enseñanza cristiana milenaria de los grandes Padres a quienes cita constantemente: los santos Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo, Juan Crisóstomo, Macario el Grande, Dionisio el Areopagita, Ambrosio de Milán, Isaac el Sirio, Simeón el Nuevo Teólogo, los Padres de la Filocalia. Estos, junto con las Sagradas Escrituras, las Vidas de los santos y los servicios de la Iglesia, todos en el contexto de la tradición viva de vida espiritual de Sarov, son sus fuentes, siendo él un transmisor fiel de su enseñanza: el temor de Dios; atención a uno mismo; no confiar en los impulsos del propio corazón, sino sumergirse tanto en la palabra de Dios que uno aprende a "nadar en la ley del Señor"; obrar la salvación con paciencia, humildad, arrepentimiento, perdón; adquirir el Espíritu de paz, el Espíritu Santo, que es el fin de todas nuestras labores espirituales; anteponiendo a Dios y su amor, que enciende nuestro corazón frío y nos inspira a seguirlo, a conocerlo y amarlo. Esta enseñanza no es compleja; pero en nuestros días, cuando el amor de muchos se ha enfriado y la sal se está yendo del cristianismo, es casi imposible seguirla. Sólo con gran humildad de nuestra parte —que podemos aprender de la profunda humildad del "pobre Serafin", como él mismo se llamaba— podemos esperar recibir y aplicar esta enseñanza de la verdadera vida espiritual cristiana a nuestras propias pobres vidas cristianas.

¡Por las oraciones de nuestro santo Padre Serafín, entendamos sus palabras y practiquemoslas, según nuestras fuerzas, para la salvación de nuestras almas!



Padre Seraphim Rose
Traductor: Yerko Isasmendi


Notas:

1) Esta vida de San Serafín fue escrita en la Natividad de 1978.